jueves, 5 de mayo de 2011

Myanmar: Primitivo, auténtico... y auto-condenado (3 y final)


Viene del Capítulo 2

Mandalay nos recibía de nuevo a la mañana siguiente tras haber dormido, por fin, la noche entera. Y tras un desayuno [más que] copioso que nos daba energía ininterrumpida para casi 2 días, una furgoneta nos condujo durante un par de horas (que parecieron varias más) por puro kampung hasta Mingun.

Lo primero que salta a la vista es la pagoda no terminada de Pahtodawgyi, escoltada por dos estatuas gigantes de leones guardianes... prácticamente destruidas.


A la entrada de la pagoda encontramos uno de los carteles más enigmáticos (para ser Myanmar) que he visto nunca. Tiene pinta de hablar de una donación por parte de una pareja hispana al pequeño templo que hay en la base de la pagoda...

WTF?

Para olvidar el enigma y volver a centrarnos en Myanmar, un hombre nos intentó convencer de que subiésemos a su "taxi". Real como la vida (en Myanmar) misma.


Nos embarcamos en una visita guiada de los parajes de los alrededores, llevados por carros no muy diferentes al del "taxi", pero tirados por caballos. Nos dejaron imágenes bastante interesantes:


De vuelta en Mandalay, se conoce que esa noche encontramos (casualmente, lo prometo) el distrito "red light" de la ciudad. En cualquier caso, nada más que material comercial (juguetes, libros, profilácticos, etc). El tráfico de personas no está al nivel de la calle en este país, sino protegido a niveles mucho más altos (cúpula gubernamental). Se dice que los militares del gobierno tienen derecho de violar a quien les venga en gana en cada momento...

El vuelo de hélices del día siguiente partía hacia la localidad de Heho desde un aeropuerto de Mandalay inmaculado. Pero inmaculado de gente.

Así debe estar el aeropuerto de Castellón

Otro viaje infinito en coche desde el aeropuerto nos dejaba aún más imágenes de "lo profundo" de Myanmar (que viene a ser el 95% del país):


Llegamos finalmente a Pindaya, y nos hospedamos en un hotel que nada tenía que envidiar a las "haciendas" de los millonarios de las telenovelas.


Después de ciertos rifi-rafes con el conductor, visita al pueblo incluida, pudimos pagar el trayecto. Un robo. Y nos quedamos compuestos y apenas sin dólares americanos para disfrutar a tope el menú del hotel.

Sí disfrutamos las cuevas de Pindaya, con sus tropecientas imágenes de Buda en el interior. Esa subida por escaleras hasta la cueva me recordaba a las cuevas Batu. Pero en concepto, no en apariencia.


Pindaya no da para más, aunque pasar un día en ese entorno natural/rural sin duda merece la pena.

Al día siguiente regresamos casi hasta Heho para seguir hacia nuestro hotel (otro show de viaje en coche) a la orilla del Lago Inle. Se trataba de otro hotel impresionante. Con todas las letras.


Al poco de llegar nos metimos en el tour del lago. Cruzarlo en barca a motor dura un par de horas, que no se desperdician en absoluto porque ese entorno es una preciosidad...



... y se llega a un poblado de casas flotantes. Allí se pueden visitar una serie de sitios, como una sencilla "fábrica" de telas y tejidos de seda y loto. Todo hecho a mano.


Para acabar la visita en el lago, la pagoda de Phaungdawoo y el barco con forma de pato (construcción típica de Myanmar) ponen el toque nacional.


De vuelta al hotel, vimos... ¡oh sorpresa! el atardecer one more time. Pero esta vez sobre el propio lago. Muy apropiado.


Aprovechamos las adquisiciones en uno de los mercadillos flotantes e improvisamos una fiestecilla con ron Mandalay (de €1) y unos curiosos puros liados con hojas verdes, que tuvimos que insistir en comprar a pesar de que un hombre quería regalárnoslos.


A falta de día y medio en el país, el avión de la mañana siguiente nos devolvía a Yangón, donde empezamos. Y ahora esto sí que parecía una urbe moderna comparado con todo lo que llevábamos visto.

Tras asentarnos en el hostalillo, que resultaba un poco [bastante] depresivo comparado con los que habíamos disfrutado durante el viaje, nos lanzamos a los dos puntos principales que hay que ver en la ciudad: El Karaweik, un majestuoso barco con forma de pato (doble) reconvertido en restaurante de lujo...


Representación gráfica del Karaweik

... y la estupa de Shwedagon, enorme, gigantesca, atractiva sin embargo, y muy superior a la estupa nacional de Vientiane en Laos. Llena de pequeños templos-capilla adjuntos. Tuvimos un pequeño escarceo con los guardias de seguridad porque no nos avisaron de que estaban cerrando y sin embargo pretendían cobrarnos al más alto de los precios exclusivos para guiris.


Quizá por karma, quizá por casualidad, pero la indigestión por "envenenamiento" que nos cogimos Urtzi y yo después de la cena, no la recuerdo igual en toda mi vida. Qué nochecita. A eso se le sumó la inesperada aparición sorpresa en la habitación de la cucaracha más grande que he visto en año y medio en Asia. Alegría y jolgorio...

Sobrevivimos todos a la agradable velada, y ya en mejores condiciones a la mañana siguiente visitamos el mercado de Bogyoke, que nos dejó más imágenes típicas del mundo de la comida asiática.


Hasta aquí esta incomparable aventura por el más occidental de los países de ASEAN... geográficamente hablando, claro.

Desde mi humildérrima opinión personal, Myanmar es un país que no deja a nadie indiferente. «Los birmanos son más primitivos que el sentarse», y no se les puede culpar a ellos sino a la panda de ladrones que forman la dictadura militar que "rige" el país. Dos consecuencias que derivan de ello son un triste conformismo y resignación, palpables ambos en la sociedad, y por otro lado una explotación extrema del turismo en global y del turista individual en concreto. El "sálvese quien pueda" está demasiado arraigado.

La belleza de los paisajes y la existencia de abundantes recursos naturales contrastan, en un país "potencialmente" maravilloso, con la simplicidad y bajeza a la que se han visto implícitamente obligados los habitantes sin comerlo ni beberlo. Afortunadamente conocimos allí a ciertas personas de buen corazón y mejor voluntad, que hacen sentir que merece la pena intentar cambiar ese estado. Desafortunadamente, no fueron muchas.

En cualquier caso, este es uno de los más recomendables viajes once-in-a-lifetime que además de mostrar imágenes inolvidables, da mucho que pensar.

1 comentario :

Vicente -Pekín- dijo...

He disfrutado mucho leyendo la última entrega del post. Por un momento me has trasportado a un mundo más primitivo y he dejado de lado mi anodina vida de país desarrollado y predecible.

Gracias,

Un abrazo.
Vicente